Un mensaje en clave en una carta sin remitente. Alguien dejó atrás su fortuna en un mal chinchón, y ahora estaba frente a mí.
(Si esto fuera una historia, este sería el punto de giro).

Un mensaje en clave en una carta sin remitente. Alguien dejó atrás su fortuna en un mal chinchón, y ahora estaba frente a mí. (Si esto fuera...


La ciudad bosteza asfalto, estira sus edificios, abre sus ojos de cristal.

¿Cómo arranqué la semana? Con café y muchas ganas (pero de dormir). ¿Y ustedes? ¡Cuéntenme en los comentarios!


La ciudad bosteza asfalto, estira sus edificios, abre sus ojos de cristal. ¿Cómo arranqué la semana? Con café y muchas ganas (pero de dormir...

Espejos

El que no se conoce, vive perdido en los espejos de los demás.

El que no se conoce, vive perdido en los espejos de los demás.


Que este año no te niegue páginas en blanco, giros inesperados que den sentido a la trama ni finales, cerrados o abiertos, pero siempre inolvidables. Que cada mañana se sienta como un nuevo capítulo y cada noche como un punto y aparte que invite a soñar con la siguiente aventura. ¡Feliz año nuevo!
Que este año no te niegue páginas en blanco, giros inesperados que den sentido a la trama ni finales, cerrados o abiertos, pero siempre inolvidables. Que cada mañana se sienta como un nuevo capítulo y cada noche como un punto y aparte que invite a soñar con la siguiente aventura. ¡Feliz año nuevo!

Que este año no te niegue páginas en blanco, giros inesperados que den sentido a la trama ni finales, cerrados o abiertos, pero siempre inol...

El último tren

Cuando el osito apareció sobre las vías del subte, lo primero que pensó Bruno fue que algún niño había tenido un descuido. Se inclinó desde el andén para mirar mejor: un peluche blanco pero bastante sucio, con las orejas apenas deshilachadas, un ojo negro y otro azul, como si hubiera sido reemplazado. Le dio un poco de lástima la situación del indefenso juguete allí tan solo en medio del peligro.

Cuando terminó su turno de limpieza en la estación, bajó a las vías y lo agarró. Lo miró de cerca: estaba sucio, pero intacto, con una sonrisa cosida que parecía más un desafío a la adversidad que un gesto amable. Bruno lo guardó en la mochila sin saber por qué.

Esa noche, luego de cenar, lo sacó de la mochila y lo dejó sobre la mesa. “Capaz me trae suerte”, pensó en voz alta, medio riéndose de sí mismo. Su vida no iba precisamente bien: un sueldo que apenas alcanzaba, las deudas siempre acechando, y un dolor de espalda que no lo dejaba dormir tranquilo en ninguna posición.

A la mañana siguiente, algo extraño sucedió. Como ya era costumbre, al bajar del colectivo para entrar al trabajo, no vio el charco enorme en el que siempre pisaba, pero inexplicablemente, llegó con los pies secos a la estación por primera vez. Más tarde, cuando un compañero dejó caer una llave inglesa desde el respiradero del techo, la herramienta pareció detenerse en el aire brevemente justo antes de golpear su cabeza, y luego continuó su derrotero hacia el suelo una vez que Bruno se desplazo fuera de su camino. En seguida pensó en el osito, ¿realmente le estaría dando buena suerte?

La semana siguiente fue un desfile de coincidencias salvadoras. Un coche que no lo atropelló apenas por unos pocos centímetros, un pago atrasado que la tarjeta de crédito omitió cobrar, incluso el médico le dijo que su espalda parecía estar mejorando.

Sin embargo, el osito también empezó a cambiar. Primero fue una oreja que se arrancó sin motivo y sus patitas impregnadas en un líquido maloliente. Luego, su pequeño torso, totalmente aplastado e imposibilitado de recuperar su forma original. Cada vez que Bruno lo miraba, sentía una especie de deuda con aquel particular peluche.

Todo se aclaró una noche, cuando Bruno escuchó un estruendo en el living. Salió corriendo, pensando que alguien había entrado a robar, pero solo encontró al osito tirado en el piso, con un agujero que lo atravesaba de lado a lado y la sonrisa totalmente descosida, convertida en una mueca rota. A su lado, una perforación en la pared que antes no estaba. La visión de aquel indefenso ser completamente despojado de su gracia, perdiendo guata a borbotones por todas las heridas, le partió el alma.

Bruno entendió el mensaje. A la mañana siguiente, volvió al subte y depositó al osito cuidadosamente sobre las vías, justamente donde lo había encontrado, como para darle la chance de sanar y empezar de nuevo en otras manos. Mientras el tren se lo llevaba, sintió en la panza una punzada de culpa mezclada con alivio. La vida volvió a ser más difícil después de eso, pero al menos, todo lo que perdía ahora era suyo.


Cuando el osito apareció sobre las vías del subte, lo primero que pensó Bruno fue que algún niño había tenido un descuido. Se inclinó desde ...

Abandonado
Foto enviada por Jeremías, el lector número 4.

Como tantas otras buenas historias, esta también empieza con un abandono.

En 2014, mientras cruzaba el puente General Manuel Belgrano, decidí dejar un libro bajo su estructura. Fue la cuarta copia de "Antemeridiano", quedó allí, entre Corrientes y Chaco, en un lugar donde la naturaleza y el asfalto se encuentran, donde el flujo constante del río Paraná recuerda que el tiempo nunca se detiene. Ese abandono no fue un acto de olvido, sino una suerte de liberación, como si el libro debiera seguir su propio destino, lejos de mis manos.

Lo que nunca imaginé fue que aquel libro encontraría su camino de vuelta hacia mí, diez años después. Como un eco lejano que resuena en el tiempo, recibí un mensaje de un lector desconocido:

"Buenas tardes, se comunica con usted el lector número 4..."
Así comenzaba el mensaje que Jeremías me envío luego de buscarme en una red social. Él es un joven que en marzo de 2014, cuando apenas tenía diez años (o tal vez ocho), encontró el libro junto a su primo mientras jugaban bajo el puente. Aún no era el momento para leerlo, pero algo en ese hallazgo quedó grabado en su memoria. Pasaron los años, y aunque nunca lo leyó en su infancia, el recuerdo del libro lo acompañó como una especie de deuda pendiente: "por años tuve en mente aquel hombre mirando el frío y oscuro firmamento", mencionó, haciendo referencia al símbolo del hombre y la doble luna 🌒🌕, que dibujé hace tanto tiempo.

El mensaje de Jeremías llegó cargado de nostalgia y revelaciones. Contaba cómo, en medio de una mudanza reciente, redescubrió "Antemeridiano" en una noche lluviosa, en una casa que, parecía querer jugarle bromas pesadas. Esa fue la noche en que finalmente lo leyó, tras años de tenerlo en mente, convirtíendose en el vigésimo séptimo libro que leía en el año. ¿Cuántas veces un libro abandonado encuentra a un verdadero lector? La improbabilidad del encuentro es poética. Descubrí que también comparto con el lector número 4 la pasión por la aeronáutica, y será que todo está unido, los aviones y las historias tienen la misma capacidad de volar lejos.

Lo que más me conmovió fue la forma en que describía la experiencia, cómo el tiempo, a su parecer, era tan rápido y fluido como pasar de una página a otra en un libro. Jeremías no solo leyó las historias que escribí, sino que, de alguna manera, se conectó conmigo a través de ellas, trazando un puente invisible entre mi pasado y su presente.

Sucede en contadas ocasiones, pero no es la primera vez que percibo los hilos invisibles que mantienen unido al tiempo y a las personas. A lo largo de los años, he aprendido que los libros tienen una vida más allá de la que les damos cuando los escribimos o leemos. Es un poder misterioso, una voluntad propia para buscarte, para encontrarte justo en el momento en que más lo necesitas, pero menos lo esperas.

Este libro, al igual que otros, había salido de mis manos para seguir su curso, y me sorprende cómo ese acto aparentemente sencillo de abandono se convirtió en un punto de conexión con alguien que, diez años atrás, no era más que un niño jugando bajo un puente. Los libros, como el tiempo, tienen formas curiosas de actuar. Pueden permanecer dormidos, ocultos en rincones polvorientos o en el fondo de una estantería, pero, en algún momento, encuentran su camino de vuelta.

Los libros viajan por caminos que desconocemos, y cuando menos lo esperamos, vuelven a buscar lo que dejaron atrás. En este caso, no solo me buscó a mí, sino que también buscó a Jeremías, esperando pacientemente a que él estuviera listo para abrir sus páginas. Esa noche lluviosa, mientras el cielo se desplomaba afuera, Jeremías y yo compartimos algo más que un libro. Compartimos la experiencia de reencontrarnos con una parte de nuestras vidas que habíamos dejado atrás. Lo que para mí fue una liberación, para él fue un acto pendiente, que se cumplió diez años después.

Me alegra especialmente poder cerrar la historia de este libro abandonado, ya saben cuánto valoramos por aquí los finales cerrados.

El lector número 4 terminó su mensaje con estas palabras: "La espera ha valido la pena, este es el libro número 27 que leo en el año (si, me he vuelto lector y amante de aviones, puntos en común que tenemos al parecer). Mí relato favorito ha sido "El Pacto de Drago". Saludos cordiales, se despide, el lector número 4." Esas fueron sus líneas finales, y ahora voy a intentar las mías: Al final, ese libro no solo fue un objeto abandonado bajo un puente. Su capacidad de tejer hilos invisibles entre las vidas de quienes lo tocan, lo convierte en algo más grande que las palabras impresas en sus página.

Es increíble cómo nuestras creaciones tienen el poder de impactar a otros, mucho tiempo después de que nosotros mismos las hayamos olvidado.


La lista completa de abandonos y los comentarios de algunos de los descubridores están disponibles en el Registro oficial de Abandonos.

Foto enviada por Jeremías, el lector número 4. Como tantas otras buenas historias, esta también empieza con un abandono. En 2014, mientras c...