El lector equivocado

El despertador sonó a las 07:00 de la mañana y, antes de abrir los ojos, el celular ya vibraba con una notificación.
Asunto: Este mail no era para usted.Remitente: newsletter@vision‑futura.io
Con una mezcla de curiosidad y cansancio, presionó la pantalla. El mensaje mostraba, como si fuera el guion de una obra de teatro, la agenda completa del día, hora por hora:
Agenda del día – 07:00 –23:0007:00 – Despertar con la alarma de “café”.07:45 – Desayuno con Ana (a ese lugar keto del centro porque ella come sin gluten).08:30 – Reunión de proyecto con el cliente.10:00 – Llamada de seguimiento a la oficina de contabilidad.11:30 – Revisión de las métricas de ventas.13:00 – Almuerzo rápido en la terraza de la oficina.14:15 – Entrega de los prototipos al laboratorio.16:00 – Café con el equipo de diseño.18:30 – Gimnasio. Clase de funcional.21:00 – Cena con la familia (comprar muzzarella para la pizza).22:00 – Tiempo libre: “ver una serie”.23:00 – Anotar la lista de tareas para mañana.
Cada punto coincidía con lo que había anotado en su cuaderno la noche anterior. “¿Un error de envío?”, se preguntó, revisando la dirección. El dominio era desconocido, pero el estilo era idéntico al de otro newsletter literario que recibía cada lunes.
Su primera reacción fue la típica: “¿Quién me ha enviado esto? ¿Mi jefe? ¿Un hacker?” Repasó la dirección de origen, un dominio que nunca había visto antes: newsletter@vision‑futura.io. Un boletín que, según su firma, “te anticipa el futuro de tu día”.
Al llegar a la oficina, la alarma de su calendario sonó a las 8:30 y, como si el correo hubiera sido una profecía, el cliente estaba esperando en la videollamada, preguntando por el informe que él había revisado justo antes de abrir el mensaje.
Intrigado, decidió romper el guion. Cambió el almuerzo a las 13:30 y, al volver a su bandeja de entrada, el boletín ya había actualizado la línea: “13:30 – Almuerzo en la terraza”. El algoritmo lo estaba leyendo, y también le estaba respondiendo.
Se recostó en su silla, sintiendo que ya no era sólo él quien leía el boletín, sino que el boletín lo leía a él. El “lector equivocado” tal vez no era él, sino la máquina que, sin querer, terminó leyendo su vida.
Repasó mentalmente las cuatro hipótesis que le rondaban la cabeza: quizá todo se debía a un simple error del sistema, una confusión de bases de datos que había disparado la agenda de otro suscriptor que comparte su nombre y su empresa. Tal vez su celular sí lo escuchaba, y había captado, sin que él se diera cuenta, algunas frases sueltas sobre su día, sobre la reunión de las 08:30, por ejemplo, y la había alimentado al modelo predictivo, convirtiendo palabras sueltas en una predicción milimétrica. También consideró la posibilidad de que fuera una jugada de marketing, una agencia que quería demostrar que podía sincronizar un mensaje exacto con el horario del cliente como prueba de concepto; y, por último, no pudo evitar imaginar la versión más escabrosa, la de una realidad alternativa o un bucle temporal que le mostraba el día que aún no había vivido, obligándole a decidir si seguir el guion o reescribirlo. Cada una le parecía plausible a su manera, y mientras el café se enfriaba en la mesa, el protagonista sopesaba cuál de esos escenarios podría haber desencadenado aquel “mail que no era para él”.
Se dejó de elucubraciones por un momento y volvió a la realidad, la agenda avanzaba y el equipo de diseño esperaba.
En un mundo donde los boletines pueden saber a qué hora vas a tomar tu café, el lector equivocado deja de ser un simple error de envío y se convierte en una señal de que nuestras rutinas ya no son solo nuestras. Cada clic, cada sincronización, cada “hola” en una videollamada alimenta una versión digital de nosotros que lee, escribe y, a veces, recibe el correo equivocado justo a tiempo.
Con una sonrisa, pensó en la próxima notificación: quizá el día siguiente ya estuviera escrito, y él, sin entenderlo, tal vez todavía pudiera decidir si seguirlo al pie de la letra o reescribirlo.
El despertador sonó a las 07:00 de la mañana y, antes de abrir los ojos, el celular ya vibraba con una notificación. Asunto: Este mail no ...
Cazando sombras: lo que descubrí sobre el jinete fantasma del Parque Rivadavia
Un jinete fantasma aparece en noches de lluvia en el Parque Rivadavia: testimonios, leyenda urbana y una investigación histórica en Buenos Aires.

Hace unos días, mientras caminaba por el Parque Rivadavia para despejar la mente después de una jornada de escritura, me topé con una historia que unos pocos vecinos recuerdan cada noche de tormenta. Es una leyenda singular e increíblemente poco documentada, sobre todo si se tiene en cuenta que le da una nueva dimensión al nombre del barrio: Caballito. Lejos de las historias de veletas y pulperías, esta dimensión se centra en la imponente estatua ecuestre de Simón Bolívar, erigida en el centro del parque, y en un misterioso jinete, que, según cuentan, solo aparece en las noches de lluvia.
Según los relatos que circulan en el barrio, pasadas las cero horas un resplandor similar a un rayo ilumina el pedestal de Bolívar. De pronto, se percibe un leve relincho, un sonido seco de cascos y la silueta de un caballo negro con su jinete se materializa frente al monumento. Ambas figuras espectrales, bestia y jinete, muestran luminosos ojos blancos —tan luminosos que parecen hechos de niebla—.
El jinete va vestido con una especie de uniforme de caballería, siempre tiene la cabeza gacha y su mano descansa sobre la empuñadura de una pistola que nunca dispara. Da una única vuelta completa alrededor del caballo de bronce y, sin detener la marcha, se desvanece en el aire, dejando tras de sí un leve eco que se pierde entre los árboles.
Para dar cuerpo a esta historia, me encontré con María Ponce en un café a la vuelta del Mercado del Progreso. María es una vecina de 68 años que ha vivido en el barrio toda su vida:
"Era el mes de agosto del año 1979. Recuerdo que llovía mucho esa noche. Yo estaba yendo a la casa de mi madre, y el camino más corto era atravesando el parque. Iba al trote cuando escuché el relincho y vi esos ojos blancos girar alrededor de Bolívar. Su presencia es una advertencia y, a la vez, un consuelo. Desde entonces empecé a dejar una moneda de cinco centavos bajo la pata del monumento, como agradecimiento y protección".
Así me lo contó, con una mezcla de miedo, asombro y cariño. Ella afirma que varios vecinos de la zona vieron el destello y la enigmática sombra ecuestre haciendo su ronda nocturna. No sé cuánto dinero habría que dejar hoy bajo aquella pesada pata de bronce; sospecho que cinco centavos de Peso Ley de 1979 deben representar una buena cantidad de plata actualmente. Tampoco encontré otras referencias a esta costumbre de ofrendar monedas, aunque pude ver que alguien dejó flores debajo de aquella pata broncea.
No pude encontrar una versión clara sobre el origen de la figura. Personalmente, no creo que el espectro sea Simón Bolívar. Llegué hasta una versión que apunta ni más ni menos que a Ambrosio Plácido de Lezica, oficial que ingresó al ejército en 1829 y que construyó su quinta en el terreno que hoy pertenece al parque.
A mí no me convence la versión del oficial Lezica, le falta un motivo. ¿Solo está allí porque fue su quinta? ¿Por qué custodiaría a Bolívar?
Creo, en cambio, que el jinete puede ser un integrante del escuadrón de los Húsares de la Escolta del General, creado por San Martín; Bolívar cambiaría su nombre a Húsares de Junín luego de que le salvaran la vida en la batalla de Junín. Bolívar estaba adelantado, observando y dando órdenes demasiado cerca del frente. Una carga realista rompió la línea y avanzó directo hacia él. Hay relatos que coinciden en esto: su escolta fue dispersada y quedó momentáneamente aislado; si la carga avanzaba un poco más, lo alcanzaban. La salvación vino de una contra-carga inesperada —la famosa carga de los Húsares de Junín—, que dio vuelta la batalla en cuestión de segundos.
¿Por qué un Húsar de Junín en Argentina? Porque los símbolos importan: la representación en bronce de Bolívar merece la representación espectral de uno de sus fieles custodios. ¿Se darán situaciones similares en otros monumentos de Bolívar alrededor del mundo? Esa pregunta es central. Si algún lector conoce la respuesta, por favor déjela en los comentarios.
Resolver este enigma sería más sencillo si contáramos con una descripción más precisa del uniforme espectral. Está el detalle de la pistola: podría concordar con la época. Estamos hablando de pistolas de avancarga y chispa, de un solo tiro, que se utilizaban una única vez en la batalla para luego continuar con sable.
Como escritor y curioso de la ciudad, pienso que esta historia merece una investigación más profunda: revisar los archivos municipales, buscar menciones en la prensa del siglo XX y, por supuesto, volver al parque en noches de lluvia —aunque actualmente el parque está enrejado y cerrado a esas horas— para intentar captar la mínima señal de aquel jinete.
¿Les gustaría que siga escarbando este mito y les traiga más detalles, testimonios y documentos históricos? Dejen sus comentarios y avísenme si quieren que el relato del jinete del Parque Rivadavia se convierta en una crónica completa.
Un jinete fantasma aparece en noches de lluvia en el Parque Rivadavia: testimonios, leyenda urbana y una investigación histórica en Buenos A...
La teoría de las cartas perdidas

En la esquina gastada, frente al Bar El Rescoldo —que bendice a sus parroquianos con sacros vinos— se alza el clásico buzón rojo, guardián silente de los susurros de la ciudad. Hoy, la tapa del buzón rechina como una puerta a otro tiempo. Cada sobre que descansó en su interior llevó más que papel: cargó dentro de su vientre de celulosa un latido de vida.
—Con este smart device enviábamos emails hace algunos años —bromeó Anselmo, una de las almas perdidas de El Rescoldo.
Dicen los viejos de San Telmo que el buzón es un portal de amor. Cuando una carta de pasión se introduce en su hueco justo antes de la medianoche, la tinta se vuelve vapor y se eleva, cruzando la oscuridad del olvido como una luciérnaga. La carta no llega solo al destinatario o a la destinataria, sino también al recuerdo de quien la escribió, y ambos pueden leerse simultáneamente, aunque estén separados por décadas y vidas. Así, la carta perdida de una joven de 1943 que nunca vio responder a su amado en el barrio de Palermo, se abre una vez más en 2026, encontrada causalmente por la mano temblorosa de una nieta que, sin saberlo, está permitiendo a los protagonistas transitar nuevamente una ruta de pasión equidistante con el infinito.
Cuenta la leyenda que el rojo del buzón se vuelve incandescente cuando cumple su promesa; una ligera vibración recorre el metal y, en el silencio de la noche porteña, se oye el susurro de dos voces que se encuentran una vez más en la misma hoja. Es la prueba de que, aunque la tecnología cambie y los bits reemplacen al papel, el amor escrito conserva una magia difícil de apagar. Cada carta que se deposita en el viejo buzón es una llave que abre una ventana al pasado y al futuro, recordándonos que el verdadero mensaje siempre ha viajado en el latido del corazón.
En la esquina gastada, frente al Bar El Rescoldo —que bendice a sus parroquianos con sacros vinos— se alza el clásico buzón rojo, guardián s...
El hierro y el día terminan en el mismo punto

El atardecer se cuela entre los edificios hasta la vieja estación de Caballito, tiñendo los rieles de un rojo metálico que parece derretirse en el horizonte. Desde el andén, la vía del Sarmiento se extiende como una aguja de plata que desaparece en la distancia; allí, donde el cielo y el acero se encuentran, el sol se funde con los rieles y crea un punto de fuga que, para los que aman las palabras, es tan tentador como un verso sin rima.
Yo, Joaquín Arrieta, escritor de crónicas que aún no encuentran su público, había llegado con una mochila, un cuaderno de tapas gastadas y la esperanza de atrapar esa luz en una frase. El bloqueo que me perseguía llevaba meses y no me permitía terminar mi más reciente intento de historia. La única pista que había encontrado en mi hoja de ruta creativa era «buscar el punto de fuga». Me senté en el banco de madera, dejé que la bocina distante del tren marcara el ritmo de mis pensamientos, y abrí el cuaderno en el final de la historia inconclusa.
—¿Te molesta el ruido? —me preguntó una voz grave y, al mismo tiempo, suavemente afinada con el eco del andén.
Al girar, vi a un hombre de unos setenta años, de cabello canoso recogido en una coleta desordenada, con una boina que parecía haber visto más amaneceres que la misma estación. Llevaba bajo el brazo un fajo de papeles amarillentos, atados con un piolín de caja de pizza. Era evidente que el hombre llevaba la literatura a cuestas, como si fuera su equipaje de mano.
—Soy Eulalio, corrección de textos en la editorial del barrio hace cincuenta años —dijo, ofreciendo una sonrisa que mostraba los surcos de una vida escrita a mano—. Hoy me dedico a coleccionar trenes perdidos.
—¿Trenes perdidos? —repetí, intrigado.
—Exacto. Cada tren que parte sin destino es una historia que nunca llegó a su estación final. Y cada estación es un punto de vista, una coma, una pausa que el lector debe sentir. —Se sentó junto a mí, dejó su fajo de papeles sobre la banca y sacó una hoja doblada en cuatro partes—. ¿Te gustaría escuchar una?
Asentí. Eulalio desdobló aquella maltratada hoja y, con voz pausada, comenzó a leer:
«El último tren de Caballito nunca llegó.María había dejado una carta sobre el banco, el mismo donde hoy se sienta el escritor que la lee.El sobre estaba impregnado del perfume de la lluvia de agosto, y la tinta, temblorosa, decía: "Si no te encuentro al bajar del tren, buscaré en los rieles el camino de regreso".El tren se alejó, pero el sol, que ya había besado la vía, quedó atrapado en la curva del acero.Al cabo de un año; la carta se había convertido en una hoja seca que el viento recogió y depositó, por casualidad, sobre el cuaderno de un escritor que busca la última frase.»
Cuando terminó, el silencio se hizo tan denso como la niebla que a veces cubre la ciudad. Entonces, sin perder la mirada en la vía que se desvanecía, Eulalio continuó:
—¿Ves? La historia no necesita que el tren llegue a su destino; lo que importa es el punto donde el sol se encuentra con la vía. Ese es el punto de fuga de cualquier narración: la intersección entre lo que vemos y lo que imaginamos.
Me quedé pensando en la carta de María, en la hoja que el viento o Eulalio había llevado hasta mi cuaderno. Mi bloqueo, en aquel instante, empezó a desvanecerse como la luz del día al caer la noche. Entendí que mi personaje —el escritor que busca la última frase— no era otro que yo mismo, y que mi amor perdido, aquel que había dejado una nota en la misma banca años atrás, había quedado enterrado bajo la capa de polvo de los recuerdos.
El tren, que hasta entonces solo había sido un eco de metal, comenzó a acercarse. Cada rueda que crujía sobre los rieles marcaba un compás, como una puntuación que separa oraciones. El bocinazo que surgió de la máquina se oyó como un signo exclamación cerrándose.
—Escucha —dijo Eulalio, levantándose—. El tren no solo parte; también te devuelve lo que dejaste en la vía.
Miré el horizonte: el sol se estaba fundiendo con la vía, creando una línea luminosa que parecía dibujar una barra diagonal sobre la hoja en blanco de mi cuaderno. Con la mano temblorosa, empecé a escribir, pero esta vez sin la presión de crear una obra completa, sino como quien sigue el rastro de un tren perdido.
«El sol se encontró con la vía, y el tren, con su estruendo, dejó una última coma en el aire. Yo, que había perdido el amor en esa misma banca, comprendí que cada despedida es una pausa que invita a la próxima frase; que el punto de fuga no es el punto final, sino el lugar donde la luz vuelve a iluminar el camino que aún queda por escribir.»
Al cerrar el cuaderno, el tren se alejó, disipándose en la penumbra. La luz del sol, ahora casi oculta, quedó reflejada en los rieles como una promesa silenciosa de retorno.
Eulalio se despidió con un gesto de la mano, como quien entrega la batuta a otro director de orquesta.
Yo me quedé mirando la vía, recordando que cada historia tiene su propio horario, que los lectores son pasajeros y los escritores, los maquinistas. La estación de Caballito, con su punto de fuga donde el sol y los rieles se funden, me había regalado la lección que todo escritor busca: la capacidad de unir el punto de partida y el punto de llegada en una única línea de hierro que guía al lector a través del viaje.
Mientras el último rayo del día se extinguía, y estando ya a punto de escribir el final de mi historia, anoté una última reflexión en el margen de la hoja:
«El hierro, el día y mi historia terminan en el mismo punto.»
El atardecer se cuela entre los edificios hasta la vieja estación de Caballito, tiñendo los rieles de un rojo metálico que parece derretirse...
Nueva zona de trabajo para escritores

Hemos agregado nuevas funciones y un nuevo panel de botones en los listados de concursos literarios, pensado como tu zona de trabajo. La idea es que puedas explorar, organizar y gestionar tu participación de manera rápida y cómoda, sin perder de vista los concursos que más te interesan.
Este panel está diseñado para facilitar la vida del escritor y hacer que tu flujo de trabajo con los concursos sea más ágil y eficiente.

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El escritor en los tiempos de la IA

¿Te preguntás si vale la pena seguir escribiendo cuando las máquinas generan textos en segundos? En este relato vas a encontrar algunas razones que van más allá de la tecnología: la voz que afirma tu identidad, la chispa que no es fuego, la resistencia cultural, la ética personal, la comunidad auténtica y el bienestar mental que solo la escritura puede ofrecer. No dejes que la IA apague tu llama.
Un golpe de teclado que despertó recuerdos
Durante más de veinte años, algún tipo de teclado —portátil o no— ha sido mi compañero inseparable. Hoy, como tantas otras veces, su golpe ocupa el lugar que antes tenía el roce de la birome sobre el papel. El cursor parpadea como un farol en la tiniebla y, sin querer, me descubro preguntándome en voz alta:
—"¿Por qué sigo escribiendo?"
La respuesta no está en algoritmos ni en teorías literarias; está en el mismo impulso que, a los quince años, me llevó a garabatear en un cuaderno de hojas cuadriculadas la historia de dos dioses precolombinos que, con su despiadada lucha, dieron origen al bien y al mal. Aquel garabateo torpe era mi forma de ordenar el caos interior. Hoy, muchos años después, sigo necesitando ese orden, aunque el caos haya adquirido una nueva cara: la creatividad artificial, esa capacidad de una IA para escupir cientos de combinaciones de palabras con un solo comando.
La escritura como afirmación de identidad
Cuando el cursor destella, le estoy diciendo al mundo —y a mí mismo— que existo. Cada oración que nace del teclado es una huella que dejo en la arena del tiempo, una marca que me separa del resto. La IA puede imitar estilos, pero la autenticidad que perciben los lectores sigue siendo mayor en los textos humanos. Esa diferencia no es casual: la voz humana lleva una carga emocional y ética que la máquina no tiene.
Se trata, en el fondo, de ser vos mismo en el papel. Escribir me permite nombrar mis miedos, mis sueños y mis recuerdos con la autoridad de mi propio nombre. Esa autoridad no se delega. Menos a un algoritmo.
IA como chispa, no como fuego
Como ingeniero de datos, he visto las tripas de la bestia: el interior de los grandes modelos de lenguaje. Absorben zettabytes de texto, aprenden a predecir la siguiente palabra y, en el fine-tuning, se afinan para escribir novelas de terror, poesía o ciencia ficción. Pero nunca adquieren experiencia propia; solo repiten patrones.
Cuando me encuentro bloqueado, a veces le tiro a la IA una frase suelta —"una calle empedrada bajo la lluvia"— y en segundos aparecen diez versiones distintas. Algunas son poéticas, otras absurdas. Leo, elijo la que me habla, la rechazo o la mezclo con una imagen que guardo de mi infancia. La IA no escribe la historia; solo me muestra caminos que mi imaginación puede recorrer o descartar. Se convierte en una herramienta más para romper el bloqueo creativo, una entre tantas técnicas de escritura creativa.
La voz humana como resistencia cultural
Los textos que producimos no son meros entretenimientos; son hilos con los que tejemos la memoria. En un mundo donde la información circula a la velocidad de la luz, la palabra escrita sigue siendo un acto de resistencia contra el olvido. Cada historia que contamos preserva una visión del mundo, un matiz de la realidad que la automatización no puede reproducir, porque no lo vivió. ¡No está viva!
Al escribir, contribuimos a un archivo de lo humano, de lo viviente, que la IA simplemente no puede generar. Se nota cuando algo nace de la experiencia y no de una "máquina de promedios", porque las historias más relevantes, justamente, no son historias promedio. Los lectores valoran la singularidad de la experiencia humana.
Ética y responsabilidad personal
Un día, un amigo me preguntó si no estaba usando a la IA para que "escriba por mí". Le respondí con una analogía que creo que lo deja claro:
"A vos te gusta jugar al fútbol. Si mañana inventan un robot que juega al fútbol, ¿lo mandarías a jugar tus partidos mientras vos te quedás en casa?"
No tiene sentido reemplazarte a vos mismo por una máquina, porque en la actividad de escribir hay un disfrute que es intransferible. La IA puede ejecutar una tarea, pero la pasión, la experiencia y la decisión final siguen siendo nuestras. Cuando una máquina genera una frase, es fácil olvidar que esa frase carece de la responsabilidad ética que implica publicar algo bajo nuestro nombre.
Cada palabra que firmás lleva consigo una obligación moral: no engañar, no atribuirte lo que hizo la máquina y no sacrificar la veracidad por la rapidez.
Construir comunidad y diálogo auténtico
Los lectores buscan, sobre todo, conexión. Un post en un blog, un fragmento en redes o un cuento pueden llegar a miles, pero la fuerza del vínculo está en la autenticidad. Cuando alguien reconoce mi estilo, mis referencias, mi forma de sentir, se crea una conversación que ninguna IA puede replicar.
La IA puede servir como ayuda para superar bloqueos, pero no hay manera de sustituir la interacción humana que la literatura genera. Escribir sigue siendo la forma más directa de dialogar, de escuchar las respuestas de los lectores y de sentir que nuestras palabras todavía importan.
Crecimiento personal y bienestar mental
Más allá de la audiencia, la escritura es una práctica de autoconocimiento. Cada vez que transcribo una emoción, la convierto en objeto, la observo y la transformo. Escribir implica osificar una idea que se encontraba en estado gelatinoso dentro de la cabeza, y comprobar si puede o no caminar por el mundo.
La psicología confirma que la expresión escrita reduce el estrés, clarifica pensamientos y favorece la claridad. La IA puede sugerir palabras, pero no puede sentir lo que sentís al ponerlas en papel.
Por eso, el acto de escribir es terapia; la IA es solo una herramienta que nos tira ideas, pero el proceso interno es exclusivamente tuyo.
Conclusión: seguí poniendo palabras en la página
Si sos escritor emergente o si la literatura ha sido siempre tu refugio, recordá que escribir es más que producir texto; es afirmar tu existencia, preservar tu cultura, asumir una responsabilidad ética, conectar con otros, cuidar tu propio bienestar. ¡Y sobre todo, es disfrutar! La IA puede ofrecerte destellos de inspiración, pero la llama que enciende la historia sigue siendo tuya y solo tuya.
Así que, la próxima vez que el cursor parpadee, no lo veas como una señal de que la máquina tomó el relevo; sentilo como el llamado a seguir tejiendo, con tus propias manos, cabeza y corazón, la trama artesanal que solo vos podés contar.
¿Y vos? ¿Cuál es tu razón para seguir escribiendo en tiempos de IA? ¿Usás estas herramientas como chispa o sentís que apagan tu llama? Dejá tu comentario acá abajo y compartí este artículo con ese escritor al que le puede servir leerlo.
¿Te preguntás si vale la pena seguir escribiendo cuando las máquinas generan textos en segundos? En este relato vas a encontrar algunas razo...
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