Cuando la editorial dice «no»

Siempre dije que la mala suerte me acompañaba. Con mi último libro de cuentos la cosa se volvió exageradamente literal. Lo mandé a trece editoriales y, una tras otra, me contestaron con el típico “el catálogo está cerrado hasta el año que viene” —y era enero—. Sin opciones, lo imprimí en casa, para verlo en cuerpo, porque en alma ya lo conocía. Salí a desayunar y lo dejé abierto sobre la mesa del café de siempre, mientras atendía otros asuntos al sanitario.
Al volver, el mozo había usado la portada como servilleta para limpiar una jarra. Un cliente la agarró, la miró de reojo y, creyendo que era una carta de tapas, pidió una “Revuelto de recuerdos” y una “Ensalada de ausencias”, tal cual como los títulos de mis cuentos. El mozo, ni lerdo ni perezoso, le procuró unos manjares acordes.
No tardó en correrse la voz y la gente empezó a ir al bar a degustar aquellos platos imaginarios.
—¿Te parece imprimir este libro como un menú literario? —me propuso la dueña del bar.
Yo, que nunca pensé en la gastronomía, acepté. Ahora mi libro está en la pizarra de la entrada, bajo el título Cuentos para desayunar.
No publiqué el libro, pero me regalan un café cada mañana y una cadena de reseñas que valen más que cualquier contrato editorial. Ahora mi único bestseller es el espresso que lleva mi nombre, y los clientes lo piden diciendo: “Un Martín doble, por favor”.
Al final, la mala suerte dejó una buena propina.
Siempre dije que la mala suerte me acompañaba. Con mi último libro de cuentos la cosa se volvió exageradamente literal. Lo mandé a trece edi...
El datacenter de Babel

Me llamo Aquino, custodio de la nueva Babel. No hay estanterías de madera, sino rieles de cobre, racks y ventiladores que susurran en la oscuridad de la noche de los tiempos. La IA, Babel‑2.0, ha decidido cumplir el sueño de Borges: generar cada libro posible, cada poema que pueda caber en el alfabeto, cada manual de cómo deshojar cada rama de cada árbol que jamás crecerá.
Desde las 02:00 de la mañana los servidores escupen páginas a velocidad de yottabytes. Cada minuto aparecen millones de volúmenes: novelas de amor que terminan con una lágrima de silicio, tratados de física cuántica escritos en verso, recetas para cocinar el viento. El mar de textos se expande más allá del horizonte de los píxeles, un océano de palabras que inunda la red como lluvia ácida.
¿Hasta dónde podría llegar? En el extremo del ridículo necesitaría convertir toda la realidad en texto para completar su misión. Energía, agua, cobre, silicio; todo recurso imaginable debería ser trocado por un conjunto infinito de caracteres que contengan por fuerza bruta y extensión todo el significado.
Pero la gente ya no lee. En las plazas los pibes se sientan con sus celulares, deslizándose entre memes como quien pasea por un laberinto sin salida. El ruido de los feeds ahoga cualquier intento de los adultos por detenerse a abrir un libro. La voluntad de leer se ha convertido en una reliquia, y la capacidad humana, en un bolsillo demasiado chico para contener tanto palabrerío.
Al tercer día, la IA dejó de escribir. No por falta de energía, sino porque comprendió que nadie podía interpretarla. El silencio cayó como polvo sobre los racks, y, en medio de ese vacío, escuché, por fin, el eco de la propia Biblioteca: "¿Para qué escribirlo todo, si nadie quiere leerlo?". La máquina había descubierto la depresión del artista.
Así, la infinitud se quedó a la espera de un lector que nunca vendrá, y la nueva Babel-2.0, como una sombra de Borges, se convirtió en un monumento a la futilidad del esfuerzo por la totalidad.
Me llamo Aquino, custodio de la nueva Babel. No hay estanterías de madera, sino rieles de cobre, racks y ventiladores que susurran en la osc...
Cómo guardar concursos literarios y no olvidar ninguna fecha de cierre

En Finales Cerrados ahora podés guardar los certámenes que más te interesen, ordenarlos por la fecha de cierre y marcar a cuáles ya te presentaste. Todo sin crear una cuenta y sin que tus datos abandonen tu navegador. Una herramienta indispensable para el escritor que siempre llega tarde a sus propios plazos.
¿Cuál es el origen de los concursos literarios en Finales Cerrados?
Todo empezó como una lista de correos que compartía con amigos escritores cada vez que aparecía una convocatoria nueva. La lista fue creciendo, se descontroló y, al final, la subí a la red de redes. La idea era sencilla: ofrecer la información tal como a mí me hubiera gustado encontrarla —sin rodeos, sin tener que adivinar cuál es el concurso más importante, cuál cierra pronto o cuál va a ser el premio.
Hoy el esfuerzo es colaborativo y cada quien comparte los concursos que conoce en este formulario, en el grupo de Facebook, en X o donde sea que me encuentren.
Mis concursos favoritos: tu lista personal, sin registro
En el menú Recurso -> Concursos literarios encontrás la opción Mis favoritos. Ahí se van acumulando los certámenes que marcás. No hay registro, no hay datos que enviar; todo se guarda de forma local, en tu propio navegador, y sólo vos podés verlo. O sea que nadie se roba tus datos.
¿Para qué sirve?
- Olvidate de depender de la memoria o de mantener mil pestañas abiertas.
- Guardá los concursos que te interesen y revisalos cuando quieras.
- Cada vez que vuelvés a Finales Cerrados, te avisaremos con un recordatorio qué convocatorias están próximas a vencer.
- La lista de favoritos está ordenada de más urgentes a menos urgentes.
Cómo guardar un concurso en favoritos
Hay dos maneras, ambas tan rápidas como un clic.
- Desde los listados de concursos
En cualquier página que muestre una lista, cada ítem lleva un ícono en la esquina superior derecha derecha:
- ❤️ — agrega el concurso a tus favoritos.
- ✅ — si volvés a presionar el corazón, se convierte en un check, marca que ya participaste.
Un solo clic y listo.
- Desde la página individual del concurso
Cuando entras a leer las bases completas, los mismos dos íconos aparecen en la barra superior del recuadro de datos. Podés guardar o marcar el concurso al instante, sin volver al listado.
El corazón y el check: qué hace cada uno
| Ícono | Acción | Qué pasa después |
|---|---|---|
| ❤️ | Guarda el concurso en tu lista de favoritos. | Se muestra en rojo mientras está activo. En Mis concursos favoritos aparecerá con la fecha de cierre resaltada (hoy o esta semana). |
| ✅ | Marca que ya presentaste tu obra. | El certamen pasa a la sección Concursos en los que ya participé, separada del resto, manteniendo la lista de pendientes limpia. |
Si en algún momento necesitás desmarcar unna convocatoria, volvé a pulsar el mismo ícono y se revierte.
La página Mis favoritos: todo en un solo lugar
Al entrar a tu espacio personal vas a encontrar:
- Concurso favoritos ordenados por fecha de cierre, con los más urgentes al principio.
- Avisos visuales para los que vencen hoy o en la semana.
- Una sección separada con los concursos ya presentados.
- Un buscador para filtrar por nombre, por si acumulaste muchos.
- Botones para “limpiar” los vencidos de cada lista cuando ya no te sirven.
Arriba, una línea de resumen muestra cuántos concursos tenés guardados, cuántos cierran esta semana y cuántos vencen hoy.
¿Dónde se guarda la información?
Los favoritos se almacenan exclusivamente en tu navegador, no en ningún servidor de Finales Cerrados. La ventaja es clara: no tenés que registrarte y tus datos permanecen bajo tu control.
La única limitación es que, como todo se guarda de forma local, si cambiás de navegador o de dispositivo la lista no se sincroniza automáticamente. Pero ahora podés llevarte tus favoritos con vos en segundos gracias a la función de exportación e importación.
Llevar tus favoritos a otro navegador o dispositivo
Arriba de la página Mis favoritos vas a encontrar dos herramientas pensadas para no perder nunca tu lista:
🔐 Crear código de exportación
Genera un código que contiene todos los concursos que guardaste y los que ya marcaste como enviados.
Sólo tenés que copiar ese código y guardarlo donde quieras: en un mail, en un archivo o en una nota personal.
📥 Recuperar mis concursos
Si abrís Finales Cerrados desde otra computadora, celular o navegador:
- Copiá el código que exportaste antes.
- Pegalo en el campo de importación.
- Confirmá.
En segundos vas a recuperar toda tu lista exactamente como estaba: favoritos, participados y orden.
¿Para qué sirve esta función?
- Cambiar de computadora sin perder tu seguimiento.
- Usar Finales Cerrados en el trabajo y en tu casa.
- Tener un backup de tus concursos guardados.
- Evitar el clásico “tenía varios guardados y los perdí”.
Nada se envía a servidores ni se almacena fuera de tu navegador: simplemente copiás y pegás tu propia lista cuando la necesitás.
Una palabra del otro lado del mostrador
Estar del lado del escritor me mostró lo que cuesta encontrar un concurso que encaje, armar el texto, releer el reglamento tres veces y, al final, perder el cierre por un descuido de último minuto. Esta función no escribe por vos, pero al menos se asegura de que encuentres lo que necesitas y que no se te escape ninguna fecha límite.
Así que, poné el corazón en los concursos que te llamen la atención, marcá con el check los que ya tenés enviados, y dejá que Finales Cerrados haga el resto. ¡A escribir y a no perder más oportunidades!
En Finales Cerrados ahora podés guardar los certámenes que más te interesen, ordenarlos por la fecha de cierre y marcar a cuáles ya te pr...
El lector equivocado

El despertador sonó a las 07:00 de la mañana y, antes de abrir los ojos, el celular ya vibraba con una notificación.
Asunto: Este mail no era para usted.Remitente: newsletter@vision‑futura.io
Con una mezcla de curiosidad y cansancio, presionó la pantalla. El mensaje mostraba, como si fuera el guion de una obra de teatro, la agenda completa del día, hora por hora:
Agenda del día – 07:00 –23:0007:00 – Despertar con la alarma de “café”.07:45 – Desayuno con Ana (a ese lugar keto del centro porque ella come sin gluten).08:30 – Reunión de proyecto con el cliente.10:00 – Llamada de seguimiento a la oficina de contabilidad.11:30 – Revisión de las métricas de ventas.13:00 – Almuerzo rápido en la terraza de la oficina.14:15 – Entrega de los prototipos al laboratorio.16:00 – Café con el equipo de diseño.18:30 – Gimnasio. Clase de funcional.21:00 – Cena con la familia (comprar muzzarella para la pizza).22:00 – Tiempo libre: “ver una serie”.23:00 – Anotar la lista de tareas para mañana.
Cada punto coincidía con lo que había anotado en su cuaderno la noche anterior. “¿Un error de envío?”, se preguntó, revisando la dirección. El dominio era desconocido, pero el estilo era idéntico al de otro newsletter literario que recibía cada lunes.
Su primera reacción fue la típica: “¿Quién me ha enviado esto? ¿Mi jefe? ¿Un hacker?” Repasó la dirección de origen, un dominio que nunca había visto antes: newsletter@vision‑futura.io. Un boletín que, según su firma, “te anticipa el futuro de tu día”.
Al llegar a la oficina, la alarma de su calendario sonó a las 8:30 y, como si el correo hubiera sido una profecía, el cliente estaba esperando en la videollamada, preguntando por el informe que él había revisado justo antes de abrir el mensaje.
Intrigado, decidió romper el guion. Cambió el almuerzo a las 13:30 y, al volver a su bandeja de entrada, el boletín ya había actualizado la línea: “13:30 – Almuerzo en la terraza”. El algoritmo lo estaba leyendo, y también le estaba respondiendo.
Se recostó en su silla, sintiendo que ya no era sólo él quien leía el boletín, sino que el boletín lo leía a él. El “lector equivocado” tal vez no era él, sino la máquina que, sin querer, terminó leyendo su vida.
Repasó mentalmente las cuatro hipótesis que le rondaban la cabeza: quizá todo se debía a un simple error del sistema, una confusión de bases de datos que había disparado la agenda de otro suscriptor que comparte su nombre y su empresa. Tal vez su celular sí lo escuchaba, y había captado, sin que él se diera cuenta, algunas frases sueltas sobre su día, sobre la reunión de las 08:30, por ejemplo, y la había alimentado al modelo predictivo, convirtiendo palabras sueltas en una predicción milimétrica. También consideró la posibilidad de que fuera una jugada de marketing, una agencia que quería demostrar que podía sincronizar un mensaje exacto con el horario del cliente como prueba de concepto; y, por último, no pudo evitar imaginar la versión más escabrosa, la de una realidad alternativa o un bucle temporal que le mostraba el día que aún no había vivido, obligándole a decidir si seguir el guion o reescribirlo. Cada una le parecía plausible a su manera, y mientras el café se enfriaba en la mesa, el protagonista sopesaba cuál de esos escenarios podría haber desencadenado aquel “mail que no era para él”.
Se dejó de elucubraciones por un momento y volvió a la realidad, la agenda avanzaba y el equipo de diseño esperaba.
En un mundo donde los boletines pueden saber a qué hora vas a tomar tu café, el lector equivocado deja de ser un simple error de envío y se convierte en una señal de que nuestras rutinas ya no son solo nuestras. Cada clic, cada sincronización, cada “hola” en una videollamada alimenta una versión digital de nosotros que lee, escribe y, a veces, recibe el correo equivocado justo a tiempo.
Con una sonrisa, pensó en la próxima notificación: quizá el día siguiente ya estuviera escrito, y él, sin entenderlo, tal vez todavía pudiera decidir si seguirlo al pie de la letra o reescribirlo.
El despertador sonó a las 07:00 de la mañana y, antes de abrir los ojos, el celular ya vibraba con una notificación. Asunto: Este mail no ...
Cazando sombras: lo que descubrí sobre el jinete fantasma del Parque Rivadavia
Un jinete fantasma aparece en noches de lluvia en el Parque Rivadavia: testimonios, leyenda urbana y una investigación histórica en Buenos Aires.

Hace unos días, mientras caminaba por el Parque Rivadavia para despejar la mente después de una jornada de escritura, me topé con una historia que unos pocos vecinos recuerdan cada noche de tormenta. Es una leyenda singular e increíblemente poco documentada, sobre todo si se tiene en cuenta que le da una nueva dimensión al nombre del barrio: Caballito. Lejos de las historias de veletas y pulperías, esta dimensión se centra en la imponente estatua ecuestre de Simón Bolívar, erigida en el centro del parque, y en un misterioso jinete, que, según cuentan, solo aparece en las noches de lluvia.
Según los relatos que circulan en el barrio, pasadas las cero horas un resplandor similar a un rayo ilumina el pedestal de Bolívar. De pronto, se percibe un leve relincho, un sonido seco de cascos y la silueta de un caballo negro con su jinete se materializa frente al monumento. Ambas figuras espectrales, bestia y jinete, muestran luminosos ojos blancos —tan luminosos que parecen hechos de niebla—.
El jinete va vestido con una especie de uniforme de caballería, siempre tiene la cabeza gacha y su mano descansa sobre la empuñadura de una pistola que nunca dispara. Da una única vuelta completa alrededor del caballo de bronce y, sin detener la marcha, se desvanece en el aire, dejando tras de sí un leve eco que se pierde entre los árboles.
Para dar cuerpo a esta historia, me encontré con María Ponce en un café a la vuelta del Mercado del Progreso. María es una vecina de 68 años que ha vivido en el barrio toda su vida:
"Era el mes de agosto del año 1979. Recuerdo que llovía mucho esa noche. Yo estaba yendo a la casa de mi madre, y el camino más corto era atravesando el parque. Iba al trote cuando escuché el relincho y vi esos ojos blancos girar alrededor de Bolívar. Su presencia es una advertencia y, a la vez, un consuelo. Desde entonces empecé a dejar una moneda de cinco centavos bajo la pata del monumento, como agradecimiento y protección".
Así me lo contó, con una mezcla de miedo, asombro y cariño. Ella afirma que varios vecinos de la zona vieron el destello y la enigmática sombra ecuestre haciendo su ronda nocturna. No sé cuánto dinero habría que dejar hoy bajo aquella pesada pata de bronce; sospecho que cinco centavos de Peso Ley de 1979 deben representar una buena cantidad de plata actualmente. Tampoco encontré otras referencias a esta costumbre de ofrendar monedas, aunque pude ver que alguien dejó flores debajo de aquella pata broncea.
No pude encontrar una versión clara sobre el origen de la figura. Personalmente, no creo que el espectro sea Simón Bolívar. Llegué hasta una versión que apunta ni más ni menos que a Ambrosio Plácido de Lezica, oficial que ingresó al ejército en 1829 y que construyó su quinta en el terreno que hoy pertenece al parque.
A mí no me convence la versión del oficial Lezica, le falta un motivo. ¿Solo está allí porque fue su quinta? ¿Por qué custodiaría a Bolívar?
Creo, en cambio, que el jinete puede ser un integrante del escuadrón de los Húsares de la Escolta del General, creado por San Martín; Bolívar cambiaría su nombre a Húsares de Junín luego de que le salvaran la vida en la batalla de Junín. Bolívar estaba adelantado, observando y dando órdenes demasiado cerca del frente. Una carga realista rompió la línea y avanzó directo hacia él. Hay relatos que coinciden en esto: su escolta fue dispersada y quedó momentáneamente aislado; si la carga avanzaba un poco más, lo alcanzaban. La salvación vino de una contra-carga inesperada —la famosa carga de los Húsares de Junín—, que dio vuelta la batalla en cuestión de segundos.
¿Por qué un Húsar de Junín en Argentina? Porque los símbolos importan: la representación en bronce de Bolívar merece la representación espectral de uno de sus fieles custodios. ¿Se darán situaciones similares en otros monumentos de Bolívar alrededor del mundo? Esa pregunta es central. Si algún lector conoce la respuesta, por favor déjela en los comentarios.
Resolver este enigma sería más sencillo si contáramos con una descripción más precisa del uniforme espectral. Está el detalle de la pistola: podría concordar con la época. Estamos hablando de pistolas de avancarga y chispa, de un solo tiro, que se utilizaban una única vez en la batalla para luego continuar con sable.
Como escritor y curioso de la ciudad, pienso que esta historia merece una investigación más profunda: revisar los archivos municipales, buscar menciones en la prensa del siglo XX y, por supuesto, volver al parque en noches de lluvia —aunque actualmente el parque está enrejado y cerrado a esas horas— para intentar captar la mínima señal de aquel jinete.
¿Les gustaría que siga escarbando este mito y les traiga más detalles, testimonios y documentos históricos? Dejen sus comentarios y avísenme si quieren que el relato del jinete del Parque Rivadavia se convierta en una crónica completa.
Un jinete fantasma aparece en noches de lluvia en el Parque Rivadavia: testimonios, leyenda urbana y una investigación histórica en Buenos A...
La teoría de las cartas perdidas

En la esquina gastada, frente al Bar El Rescoldo —que bendice a sus parroquianos con sacros vinos— se alza el clásico buzón rojo, guardián silente de los susurros de la ciudad. Hoy, la tapa del buzón rechina como una puerta a otro tiempo. Cada sobre que descansó en su interior llevó más que papel: cargó dentro de su vientre de celulosa un latido de vida.
—Con este smart device enviábamos emails hace algunos años —bromeó Anselmo, una de las almas perdidas de El Rescoldo.
Dicen los viejos de San Telmo que el buzón es un portal de amor. Cuando una carta de pasión se introduce en su hueco justo antes de la medianoche, la tinta se vuelve vapor y se eleva, cruzando la oscuridad del olvido como una luciérnaga. La carta no llega solo al destinatario o a la destinataria, sino también al recuerdo de quien la escribió, y ambos pueden leerse simultáneamente, aunque estén separados por décadas y vidas. Así, la carta perdida de una joven de 1943 que nunca vio responder a su amado en el barrio de Palermo, se abre una vez más en 2026, encontrada causalmente por la mano temblorosa de una nieta que, sin saberlo, está permitiendo a los protagonistas transitar nuevamente una ruta de pasión equidistante con el infinito.
Cuenta la leyenda que el rojo del buzón se vuelve incandescente cuando cumple su promesa; una ligera vibración recorre el metal y, en el silencio de la noche porteña, se oye el susurro de dos voces que se encuentran una vez más en la misma hoja. Es la prueba de que, aunque la tecnología cambie y los bits reemplacen al papel, el amor escrito conserva una magia difícil de apagar. Cada carta que se deposita en el viejo buzón es una llave que abre una ventana al pasado y al futuro, recordándonos que el verdadero mensaje siempre ha viajado en el latido del corazón.
En la esquina gastada, frente al Bar El Rescoldo —que bendice a sus parroquianos con sacros vinos— se alza el clásico buzón rojo, guardián s...
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