La teoría de las cartas perdidas

En la esquina gastada, frente al Bar El Rescoldo —que bendice a sus parroquianos con sacros vinos— se alza el clásico buzón rojo, guardián silente de los susurros de la ciudad. Hoy, la tapa del buzón rechina como una puerta a otro tiempo. Cada sobre que descansó en su interior llevó más que papel: cargó dentro de su vientre de celulosa un latido de vida.

—Con este smart device enviábamos emails hace algunos años —bromeó Anselmo, una de las almas perdidas de El Rescoldo.

Dicen los viejos de San Telmo que el buzón es un portal de amor. Cuando una carta de pasión se introduce en su hueco justo antes de la medianoche, la tinta se vuelve vapor y se eleva, cruzando la oscuridad del olvido como una luciérnaga. La carta no llega solo al destinatario o a la destinataria, sino también al recuerdo de quien la escribió, y ambos pueden leerse simultáneamente, aunque estén separados por décadas y vidas. Así, la carta perdida de una joven de 1943 que nunca vio responder a su amado en el barrio de Palermo, se abre una vez más en 2026, encontrada causalmente por la mano temblorosa de una nieta que, sin saberlo, está permitiendo a los protagonistas transitar nuevamente una ruta de pasión equidistante con el infinito.

Cuenta la leyenda que el rojo del buzón se vuelve incandescente cuando cumple su promesa; una ligera vibración recorre el metal y, en el silencio de la noche porteña, se oye el susurro de dos voces que se encuentran una vez más en la misma hoja. Es la prueba de que, aunque la tecnología cambie y los bits reemplacen al papel, el amor escrito conserva una magia difícil de apagar. Cada carta que se deposita en el viejo buzón es una llave que abre una ventana al pasado y al futuro, recordándonos que el verdadero mensaje siempre ha viajado en el latido del corazón.

En la esquina gastada, frente al Bar El Rescoldo —que bendice a sus parroquianos con sacros vinos— se alza el clásico buzón rojo, guardián s...

El hierro y el día terminan en el mismo punto

El atardecer se cuela entre los edificios hasta la vieja estación de Caballito, tiñendo los rieles de un rojo metálico que parece derretirse en el horizonte. Desde el andén, la vía del Sarmiento se extiende como una aguja de plata que desaparece en la distancia; allí, donde el cielo y el acero se encuentran, el sol se funde con los rieles y crea un punto de fuga que, para los que aman las palabras, es tan tentador como un verso sin rima.

Yo, Joaquín Arrieta, escritor de crónicas que aún no encuentran su público, había llegado con una mochila, un cuaderno de tapas gastadas y la esperanza de atrapar esa luz en una frase. El bloqueo que me perseguía llevaba meses y no me permitía terminar mi más reciente intento de historia. La única pista que había encontrado en mi hoja de ruta creativa era «buscar el punto de fuga». Me senté en el banco de madera, dejé que la bocina distante del tren marcara el ritmo de mis pensamientos, y abrí el cuaderno en el final de la historia inconclusa.

—¿Te molesta el ruido? —me preguntó una voz grave y, al mismo tiempo, suavemente afinada con el eco del andén.

Al girar, vi a un hombre de unos setenta años, de cabello canoso recogido en una coleta desordenada, con una boina que parecía haber visto más amaneceres que la misma estación. Llevaba bajo el brazo un fajo de papeles amarillentos, atados con un piolín de caja de pizza. Era evidente que el hombre llevaba la literatura a cuestas, como si fuera su equipaje de mano.

—Soy Eulalio, corrección de textos en la editorial del barrio hace cincuenta años —dijo, ofreciendo una sonrisa que mostraba los surcos de una vida escrita a mano—. Hoy me dedico a coleccionar trenes perdidos.

—¿Trenes perdidos? —repetí, intrigado.

—Exacto. Cada tren que parte sin destino es una historia que nunca llegó a su estación final. Y cada estación es un punto de vista, una coma, una pausa que el lector debe sentir. —Se sentó junto a mí, dejó su fajo de papeles sobre la banca y sacó una hoja doblada en cuatro partes—. ¿Te gustaría escuchar una?
Asentí. Eulalio desdobló aquella maltratada hoja y, con voz pausada, comenzó a leer:

«El último tren de Caballito nunca llegó.
María había dejado una carta sobre el banco, el mismo donde hoy se sienta el escritor que la lee.
El sobre estaba impregnado del perfume de la lluvia de agosto, y la tinta, temblorosa, decía: "Si no te encuentro al bajar del tren, buscaré en los rieles el camino de regreso".
El tren se alejó, pero el sol, que ya había besado la vía, quedó atrapado en la curva del acero.
Al cabo de un año; la carta se había convertido en una hoja seca que el viento recogió y depositó, por casualidad, sobre el cuaderno de un escritor que busca la última frase.»

Cuando terminó, el silencio se hizo tan denso como la niebla que a veces cubre la ciudad. Entonces, sin perder la mirada en la vía que se desvanecía, Eulalio continuó:

—¿Ves? La historia no necesita que el tren llegue a su destino; lo que importa es el punto donde el sol se encuentra con la vía. Ese es el punto de fuga de cualquier narración: la intersección entre lo que vemos y lo que imaginamos.

Me quedé pensando en la carta de María, en la hoja que el viento o Eulalio había llevado hasta mi cuaderno. Mi bloqueo, en aquel instante, empezó a desvanecerse como la luz del día al caer la noche. Entendí que mi personaje —el escritor que busca la última frase— no era otro que yo mismo, y que mi amor perdido, aquel que había dejado una nota en la misma banca años atrás, había quedado enterrado bajo la capa de polvo de los recuerdos.

El tren, que hasta entonces solo había sido un eco de metal, comenzó a acercarse. Cada rueda que crujía sobre los rieles marcaba un compás, como una puntuación que separa oraciones. El bocinazo que surgió de la máquina se oyó como un signo exclamación cerrándose.

—Escucha —dijo Eulalio, levantándose—. El tren no solo parte; también te devuelve lo que dejaste en la vía.

Miré el horizonte: el sol se estaba fundiendo con la vía, creando una línea luminosa que parecía dibujar una barra diagonal sobre la hoja en blanco de mi cuaderno. Con la mano temblorosa, empecé a escribir, pero esta vez sin la presión de crear una obra completa, sino como quien sigue el rastro de un tren perdido.

«El sol se encontró con la vía, y el tren, con su estruendo, dejó una última coma en el aire. Yo, que había perdido el amor en esa misma banca, comprendí que cada despedida es una pausa que invita a la próxima frase; que el punto de fuga no es el punto final, sino el lugar donde la luz vuelve a iluminar el camino que aún queda por escribir.»

Al cerrar el cuaderno, el tren se alejó, disipándose en la penumbra. La luz del sol, ahora casi oculta, quedó reflejada en los rieles como una promesa silenciosa de retorno.

Eulalio se despidió con un gesto de la mano, como quien entrega la batuta a otro director de orquesta.

Yo me quedé mirando la vía, recordando que cada historia tiene su propio horario, que los lectores son pasajeros y los escritores, los maquinistas. La estación de Caballito, con su punto de fuga donde el sol y los rieles se funden, me había regalado la lección que todo escritor busca: la capacidad de unir el punto de partida y el punto de llegada en una única línea de hierro que guía al lector a través del viaje.

Mientras el último rayo del día se extinguía, y estando ya a punto de escribir el final de mi historia, anoté una última reflexión en el margen de la hoja:

«El hierro, el día y mi historia terminan en el mismo punto.»

El atardecer se cuela entre los edificios hasta la vieja estación de Caballito, tiñendo los rieles de un rojo metálico que parece derretirse...

Nueva zona de trabajo para escritores

Hemos agregado nuevas funciones y un nuevo panel de botones en los listados de concursos literarios, pensado como tu zona de trabajo. La idea es que puedas explorar, organizar y gestionar tu participación de manera rápida y cómoda, sin perder de vista los concursos que más te interesan.

Este panel está diseñado para facilitar la vida del escritor y hacer que tu flujo de trabajo con los concursos sea más ágil y eficiente.

Ejemplo concurso


1. Compartir

Ubicación: extremo izquierdo de los botones.

Este botón sirve para compartir el concurso con amigos, en tus redes o simplemente para enviartelo a tu email. Siempre visible, no interfiere con tus acciones sobre el concurso.


2. Guardar / Ya participé

Ubicación: botón central.

Este botón tiene tres estados, que te permiten organizar tu progreso y tus prioridades:

  • Sin marcar (gris)
  • Guardado (rojo)
  • Ya participé (verde)

Comportamiento especial:

  • Si marcas Ya participé, los detalles del concurso se ocultan automáticamente para que tu lista se vea más limpia.
  • Si luego cambias de “Ya participé” a otro estado, los detalles se vuelven a mostrar.
  • Los cambios se guardan automáticamente, incluso si recargas la página.

3. Botón Ocultar : Mostrar / Ocultar detalles

Ubicación: extremo derecho.

  • Permite colapsar o expandir los detalles de cada concurso.
  • Al ocultar detalles, el icono rota y el mensaje cambia para indicar si al hacer click vas a mostrar u ocultar la información.
  • Lo que ocultes se recuerda automáticamente, incluso si recargas la página.

4. Enlace a las bases

Cada concurso tiene un enlace a sus bases:

  • Click en el texto → abre las bases en la misma página, para mantener tu listado a la vista.
  • Click en el icono al lado del texto → abre las bases en una nueva pestaña.

5. Enlace para agendar la fecha de cierre

Debajo del enlace a las bases, encontrarás un enlace que te permite agendar la fecha de cierre del concurso en tu calendario o recordatorio personal.

  • Este enlace ayuda a no perder los plazos importantes.
  • Podés usarlo para sincronizar con tu calendario de manera sencilla.
  • Por defecto abre un una ventana para agendar en Google Calendar, pero también descarga un archivo .ics que permite agendar en el resto de los calendarios (Outlook, Outlook.com, Office 365, Apple Calendar (iCal), Thunderbird / Lightning, Yahoo Calendar, Zoho Calendar, FastMail Calendar, Nextcloud Calendar, etc.)

6. Cómo se combinan los botones

Con este panel, tu listado funciona como una herramienta de trabajo organizada para escritores:

  • Puedes marcar concursos, colapsar o expandir detalles, compartir y acceder a las bases sin perder la vista general.
  • Cada acción es visible y predecible, evitando confusiones o saltos inesperados.
  • La combinación de los botones hace que tu flujo sea ágil y cómodo.
  • “Ya participé” → detalles se ocultan automáticamente
  • Ocultar → controla la visibilidad manualmente
  • Guardado → marca interés sin cambiar visibilidad

Resumen rápido de los botones

Botón Función Efecto especial
Compartir Difundir el concurso Ninguno
Guardar / Ya participé Organizar tu progreso Colapsa detalles si Ya participé, expande si cambias de estado
Ocultar Mostrar / Ocultar detalles Icono rotativo, recordado automáticamente
Bases Acceso a la información oficial Misma página o nueva pestaña
Agendar fecha de cierre Recordatorio de cierre del concurso Permite añadir al calendario personal

Hemos agregado nuevas funciones y un nuevo panel de botones en los listados de concursos literarios , pensado como tu zona de trabajo . La ...

El escritor en los tiempos de la IA

¿Te preguntás si vale la pena seguir escribiendo cuando las máquinas generan textos en segundos? En este relato vas a encontrar algunas razones que van más allá de la tecnología: la voz que afirma tu identidad, la chispa que no es fuego, la resistencia cultural, la ética personal, la comunidad auténtica y el bienestar mental que solo la escritura puede ofrecer. No dejes que la IA apague tu llama.

Un golpe de teclado que despertó recuerdos

Durante más de veinte años, algún tipo de teclado —portátil o no— ha sido mi compañero inseparable. Hoy, como tantas otras veces, su golpe ocupa el lugar que antes tenía el roce de la birome sobre el papel. El cursor parpadea como un farol en la tiniebla y, sin querer, me descubro preguntándome en voz alta:

—"¿Por qué sigo escribiendo?"

La respuesta no está en algoritmos ni en teorías literarias; está en el mismo impulso que, a los quince años, me llevó a garabatear en un cuaderno de hojas cuadriculadas la historia de dos dioses precolombinos que, con su despiadada lucha, dieron origen al bien y al mal. Aquel garabateo torpe era mi forma de ordenar el caos interior. Hoy, muchos años después, sigo necesitando ese orden, aunque el caos haya adquirido una nueva cara: la creatividad artificial, esa capacidad de una IA para escupir cientos de combinaciones de palabras con un solo comando.

La escritura como afirmación de identidad

Cuando el cursor destella, le estoy diciendo al mundo —y a mí mismo— que existo. Cada oración que nace del teclado es una huella que dejo en la arena del tiempo, una marca que me separa del resto. La IA puede imitar estilos, pero la autenticidad que perciben los lectores sigue siendo mayor en los textos humanos. Esa diferencia no es casual: la voz humana lleva una carga emocional y ética que la máquina no tiene.

Se trata, en el fondo, de ser vos mismo en el papel. Escribir me permite nombrar mis miedos, mis sueños y mis recuerdos con la autoridad de mi propio nombre. Esa autoridad no se delega. Menos a un algoritmo.

IA como chispa, no como fuego

Como ingeniero de datos, he visto las tripas de la bestia: el interior de los grandes modelos de lenguaje. Absorben zettabytes de texto, aprenden a predecir la siguiente palabra y, en el fine-tuning, se afinan para escribir novelas de terror, poesía o ciencia ficción. Pero nunca adquieren experiencia propia; solo repiten patrones.

Cuando me encuentro bloqueado, a veces le tiro a la IA una frase suelta —"una calle empedrada bajo la lluvia"— y en segundos aparecen diez versiones distintas. Algunas son poéticas, otras absurdas. Leo, elijo la que me habla, la rechazo o la mezclo con una imagen que guardo de mi infancia. La IA no escribe la historia; solo me muestra caminos que mi imaginación puede recorrer o descartar. Se convierte en una herramienta más para romper el bloqueo creativo, una entre tantas técnicas de escritura creativa.

La voz humana como resistencia cultural

Los textos que producimos no son meros entretenimientos; son hilos con los que tejemos la memoria. En un mundo donde la información circula a la velocidad de la luz, la palabra escrita sigue siendo un acto de resistencia contra el olvido. Cada historia que contamos preserva una visión del mundo, un matiz de la realidad que la automatización no puede reproducir, porque no lo vivió. ¡No está viva!

Al escribir, contribuimos a un archivo de lo humano, de lo viviente, que la IA simplemente no puede generar. Se nota cuando algo nace de la experiencia y no de una "máquina de promedios", porque las historias más relevantes, justamente, no son historias promedio. Los lectores valoran la singularidad de la experiencia humana.

Ética y responsabilidad personal

Un día, un amigo me preguntó si no estaba usando a la IA para que "escriba por mí". Le respondí con una analogía que creo que lo deja claro:

"A vos te gusta jugar al fútbol. Si mañana inventan un robot que juega al fútbol, ¿lo mandarías a jugar tus partidos mientras vos te quedás en casa?"

No tiene sentido reemplazarte a vos mismo por una máquina, porque en la actividad de escribir hay un disfrute que es intransferible. La IA puede ejecutar una tarea, pero la pasión, la experiencia y la decisión final siguen siendo nuestras. Cuando una máquina genera una frase, es fácil olvidar que esa frase carece de la responsabilidad ética que implica publicar algo bajo nuestro nombre.

Cada palabra que firmás lleva consigo una obligación moral: no engañar, no atribuirte lo que hizo la máquina y no sacrificar la veracidad por la rapidez.

Construir comunidad y diálogo auténtico

Los lectores buscan, sobre todo, conexión. Un post en un blog, un fragmento en redes o un cuento pueden llegar a miles, pero la fuerza del vínculo está en la autenticidad. Cuando alguien reconoce mi estilo, mis referencias, mi forma de sentir, se crea una conversación que ninguna IA puede replicar.

La IA puede servir como ayuda para superar bloqueos, pero no hay manera de sustituir la interacción humana que la literatura genera. Escribir sigue siendo la forma más directa de dialogar, de escuchar las respuestas de los lectores y de sentir que nuestras palabras todavía importan.

Crecimiento personal y bienestar mental

Más allá de la audiencia, la escritura es una práctica de autoconocimiento. Cada vez que transcribo una emoción, la convierto en objeto, la observo y la transformo. Escribir implica osificar una idea que se encontraba en estado gelatinoso dentro de la cabeza, y comprobar si puede o no caminar por el mundo.

La psicología confirma que la expresión escrita reduce el estrés, clarifica pensamientos y favorece la claridad. La IA puede sugerir palabras, pero no puede sentir lo que sentís al ponerlas en papel.
Por eso, el acto de escribir es terapia; la IA es solo una herramienta que nos tira ideas, pero el proceso interno es exclusivamente tuyo.

Conclusión: seguí poniendo palabras en la página

Si sos escritor emergente o si la literatura ha sido siempre tu refugio, recordá que escribir es más que producir texto; es afirmar tu existencia, preservar tu cultura, asumir una responsabilidad ética, conectar con otros, cuidar tu propio bienestar. ¡Y sobre todo, es disfrutar! La IA puede ofrecerte destellos de inspiración, pero la llama que enciende la historia sigue siendo tuya y solo tuya.

Así que, la próxima vez que el cursor parpadee, no lo veas como una señal de que la máquina tomó el relevo; sentilo como el llamado a seguir tejiendo, con tus propias manos, cabeza y corazón, la trama artesanal que solo vos podés contar.


¿Y vos? ¿Cuál es tu razón para seguir escribiendo en tiempos de IA? ¿Usás estas herramientas como chispa o sentís que apagan tu llama? Dejá tu comentario acá abajo y compartí este artículo con ese escritor al que le puede servir leerlo.


¿Te preguntás si vale la pena seguir escribiendo cuando las máquinas generan textos en segundos? En este relato vas a encontrar algunas razo...

Café

El anochecer me sorprende con la mínima luz eléctrica que se cuela por la ventana, el mismo tono neón encendido que siempre ha vestido a la ciudad cuando el día aún no ha decidido dormirse. La cocina huele a café, a quemado y a una ligera humedad que se arrastra desde los platos para lavar del mediodía. La taza blanca cachada, esa que ha visto más borradores que desayunos, se me queda entre las manos como un anillo; el vapor dibuja parsimoniosas y fantasmagóricas figuras entre las alacenas, con el empuje del primer sorbo, ya pienso en la frase que iniciará aquel cuento que lleva dos días esperándome.

El teclado aguarda bajo mis dedos como un viejo piano que anhela la primera nota. Me siento, bajo la lámpara que parpadea al primer minuto y, sin más compañía que el leve zumbido del ventilador, comienzo a teclear. Cada palabra nace con el ritmo de una respiración, lenta al principio y luego más firme, como si la historia fuera un río que, una vez alimentado por la lluvia, encuentra su cauce entre las piedras.

Apenas he escrito una carilla, el celular vibra sobre la mesa. Es una notificación de Instagram. Un retuit, un comentario, una petición de los lectores que esperan la entrega del viernes. El impulso es instantáneo: deslizo el dedo, abro la pantalla y veo el brillo azul que me llama a mostrar, a compartir, a obtener ese pequeño golpe de dopamina que acompaña a cada “me gusta”. Siento la tentación de cortar la frase que acabo de escribir, de extraer una cita, de convertirla en una imagen con una tipografía elegante y subirla al feed, como quien ofrece una cucharada de masa cruda antes de cocinar la torta.

Me detengo. El ruido de las notificaciones se mezcla con el silencio atroz del teclado y la habitación se vuelve una encrucijada. Dentro de mí hay dos voces. Una, más antigua, reclama silencio y tiempo; la otra, fresca y ansiosa, grita que el mundo está al otro lado del vidrio templado y que si no hablo ahora, alguien más lo hará. Cada scroll que paso en mi teléfono es una corriente que arrastra la atención, y cada like que recibo es una señal de que he sido visto, aunque sea por un segundo.

Me acuerdo de la primera vez que publiqué algo en redes. Era una frase suelta, una línea que había surgido al final de una madrugada sin sueño. La subí, esperé y, cuando llegaron los primeros comentarios, sentí una mezcla de orgullo y vulnerabilidad —¿quién era toda esa gente? —. El mensaje había escapado de la intimidad del cuaderno y había encontrado una audiencia. Pero también sentí que, al sacarlo del contexto, había perdido parte de su peso, su atmósfera. Esa sensación quedó grabada como una sombra al pie de la puerta de mi estudio.

A veces me obligo a cerrar el móvil, a dejarlo al otro lado de la mesa, a ponerlo en modo avión como quien cierra la ventana para poder escuchar su propio latido. Reservo las últimas horas de la noche, cuando la ciudad ya bosteza, para escribir sin interrupciones. Apago las notificaciones, apago la luz del móvil y me sumerjo en la soledad que necesita la palabra para respirar. Es un ritual necesario más que sagrado, como una misa silenciosa en la que sólo yo y el texto somos feligreses.

Sin embargo, el mundo no se detiene. Cada vez que termino un párrafo, la tentación de revisar la pantalla vuelve a ser un susurro persistente. A veces cedo, porque el contacto con los lectores me recuerda que la historia no es solo mía; es también suya. Un mensaje que dice “¿qué pasa después?” me devuelve la energía que el bloqueo había consumido. Un comentario que señala un detalle me obliga a volver a la página y pulirla. Así, las redes pueden ser, en su mejor versión, una especie de espejo que refleja lo que estoy construyendo y, a la vez, un farol que ilumina el camino que aún no he recorrido.

He aprendido a tratar las publicaciones como momentos separados del proceso de escritura, no como sustitutos. Cuando termino de describir una situación y siento que necesita ser compartida, preparo una pequeña pieza: una frase que pueda vivir sola, una foto del párrafo con escasa luz, o tal vez un breve video con música atractiva. Lo dejo reposar, lo programo para el día siguiente, y regreso a la mesa con la mente libre para seguir construyendo la trama completa. De esa forma, la pantalla se vuelve una extensión, no una competencia; el teclado sigue siendo el motor que impulsa la historia.

Al cerrar el día, apago la lámpara y el celular, y el silencio vuelve a ser un manto sobre la habitación. Me quedo mirando la última página escrita, sintiendo el peso de las palabras como si fueran ladrillos que he colocado cuidadosamente. Sé que mañana volveré a la rutina: café, teclado, y, quizá, una notificación que me recordará que el público espera. Pero también sé que he encontrado una manera de equilibrar el deseo de ser visto con la necesidad de crear, de dejar que la historia respire antes de que el mundo la vea en un fragmento.

El escritor es, al fin y al cabo, un puente entre la intimidad de la mesa de trabajo y la exposición del escenario digital. Entre las hojas en blanco (del procesador) y la pantalla del celular, entre la soledad del estudio y el ruido de los feeds, hay un espacio donde la palabra puede existir en ambos mundos sin perder su esencia. En esa cuerda floja, sigo caminando, con la mirada fija en el horizonte de mi nuevo libro de cuentos y, de vez en cuando, levantando la vista para compartir una luz que, aunque breve, me recuerda que alguien lo está esperando.

El anochecer me sorprende con la mínima luz eléctrica que se cuela por la ventana, el mismo tono neón encendido que siempre ha vestido a la ...

conticinio

Hay palabras que no se usan, sino que se custodian. El conticinio es una de ellas. No es un término, es un rito fonético que invoca lo innombrable: ese instante de la noche en el que todo calla, cuando el mundo parece contener la respiración. La palabra misma lo dice: viene del latín conticinium, que a su vez se deriva de conticescere: “enmudecer”. No es la noche bulliciosa, ni el alba que se anuncia; es el medio exacto, la pausa entre dos respiros.

En la llanura abierta, el conticinio adquiere una dimensión propia. No es solo silencio, sino una cualidad más del espacio. Es cuando el viento se aquieta y la tierra, aún caliente del día, exhala un último suspiro. Es la hora en que el río deja de golpear la orilla para convertirse en un espejo negro, inmóvil, donde las luces de la ciudad se clavan como estrellas fallidas. En ese momento, uno podría creer que el universo se detiene a escuchar su propio latido.

Pero el conticinio no es paz. Quien haya caminado solo a esa hora sabe que es un silencio activo, cargado de presencia. Es cuando los fantasmas interiores se atreven a salir, cuando las preguntas que el griterío ahuyenta se ponen de pie y exigen respuesta. En ese intervalo, el alma puede sentir el peso de su propia infinitud, o la sombra de un pasado que no termina de irse. El conticinio es el reino de la introspección, el territorio del que ha dejado de huir de sí mismo. Es, en definitiva, un gran momento para escribir.

Hoy, en ciudades que nunca duermen, el conticinio parece extinguido. Lo hemos llenado de ruido artificial, de pantallas que brillan en la oscuridad, de una prisa que no conoce tregua. Perder esa palabra es perder más que un vocablo; es olvidar que hay un ritmo natural en el caos, un descanso necesario para el oído y el alma. Es renunciar a ese momento en que, al callar el mundo, podemos oír por fin lo que llevamos dentro.

Guardo la palabra como se guarda una llave antigua. No sé si alguna puerta abrirá todavía, pero su peso en el bolsillo del lenguaje me recuerda que hubo, y tal vez aún haya, un espacio para el silencio colectivo. Un instante en el que todo se suspende, y el hombre, a solas con su sombra, puede sentir el vértigo de ser parte de algo más vasto y callado que él mismo.

El conticinio es, después de todo, solo un refugio lingüístico. Un lugar al que podemos volver, aunque solo sea pronunciando su nombre, para recordar que en el centro del torbellino siempre existe un ojo quieto, un punto mudo desde el cual observar el desplome de las horas.

Hay palabras que no se usan, sino que se custodian. El conticinio es una de ellas. No es un término, es un rito fonético que invoca lo innom...